La gesta solitaria.

Pienso que nada es más solitario que crear. El escritor, el pintor, el escultor, el guionista, todos crean muy solos. Hoy conversaba con un buen amigo sobre el oficio de escribir, ya que a él le va muy bien. A mí me gusta acompañarlo mientras lo hace, aunque no hago mucho más que escucharlo, leerlo, y darle mi opinión con las únicas palabras que conozco, que son muy rudimentarias. En algún momento, él se ofreció a ayudarme para salir del mutismo con el que siempre estoy luchando.

Estábamos hablando por mensajería instantánea, y yo le respondí rápidamente que él no podía ayudarme, porque no estaba en sus manos. Yo no podía escribir, y nadie podía cambiar eso sino yo misma. Él me preguntó si conversar por mensajería instantánea no implicaba ya escribir, y yo le dije que no, casi con molestia.

El que escribe, escribe solo. Nadie sino el escritor conoce lo que hace. Quien se decide juntar letra tras letra y palabra tras palabra, primero gestó esas luces y formas en su mente. Es una gesta solitaria, en la que nadie te acompaña, y para la que nadie es demasiado útil. El intercambio y la conversación tienen sus limitaciones, porque nadie gesta contigo, y esa gestación es menos permeable de lo que puede parecer. Si eres artista, comunicador, narrador o poeta, quizás me entiendes.

Escribir no se trata de juntar letras, una al lado de la otra, del mismo modo que pintar no se trata de mojar pinceles en pintura para luego derramar trazos por ahí. Cualquiera puede hacer esas cosas –juntar letras y mojar pinceles– pero pocos escriben y pintan. Para ese oficio hace falta talento y un montón de cosas más, y yo me molesto cuando el conductista impertinente los banaliza y los reduce a un hábito.

Ponte horarios, hazlo todos los días, oblígate a hacerlo. Que si lo dice éste, o aquél, o aquél otro autor best-seller, seguro tendrán algo de razón. Automatiza el escribir hasta que se te haga tan cotidiano como servirte el café de la mañana o cepillarte los dientes después del almuerzo. Que para escribir hay que habituarse, dicen muchos. Que la inspiración no existe, y que al verbo hay que disciplinarlo, como si fuese un animal.

Como si el miedo a la hoja en blanco y al bolígrafo virgen no fuesen como el primer encuentro con alguien a quien quisiste mucho. Como si la taquicardia y las mejillas encendidas por ver la barrita titilante en Word no fuesen tan placenteras como las que tuviste en aquella otra cosa que estabas haciendo por primera vez, y sin permiso.

Escribir no es una coreografía que practicas una y otra vez hasta que el cuerpo se mueve solo. Escribir es un baile tímido con uno mismo y con los otros –pero dentro de uno mismo– donde cada paso te aterra, pero te retuerce el vientre de felicidad. No me van a poner una campana para que, en vez de babear, escriba, porque así no funciona esto. Así no nacen las palabras ni las cosas.

No es un hábito mío, ni lo será. Todos tenemos una sed que no se quita con nada. Parejas, conocimiento, viajes, sexo, lo sublime del arte, compañía, afecto, riesgo, emoción, aceptación, castigo, protección, pertenencia. La mía es escribir, y esa avidez no se domestica ni se domesticará nunca.

miyo
La foto sí tiene algo que ver, pero aún no encuentro qué exactamente.
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One thought on “La gesta solitaria.

  1. Escribir con fuego es una de las sensaciones más poderosas que he experimentado en la vida. Bien sea escribiendo a mano y sintiendo que voy a quebrar el lapicero, o escribiendo en el computador y descubriendo el texto como una escultura ya hecha debajo de una fina capa de ropa. Te puede llevar a lugares felices o lugares horribles. No lo decides tú, porque no eres tú quien escribe en esos momentos, al menos no totalmente, y es ahí donde entra el hábito. A Picasso se le atribuye una de las frases que más constantemente debo repetirme: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”, y es para eso que entra el hábito. Tengo una teoría – que algún día trabajaré en un cuento al que llamaré “Elegía a las ideas” – sobre la inspiración. Pienso que las ideas, para todos los artistas, son igual de sublimes en el momento en que aparecen, pero es el talento, la habilidad, la experiencia, lo que diferencia lo sublime de lo intrascendente. Un escritor que se precie y a su arte, sabe que si escribe 10.000 palabras, de esas sólo 2.000 valdrán la pena para siquiera revisarlas de nuevo, pero ¿Te imaginas cuánto le tomaría escribir esas 10.000 si no escribiese 2.000 al día?

    Con el tiempo entendí que el hábito estricto en la escritura (en el arte) no le resta nada de magia al oficio. Es algo decepcionante al principio – sobretodo cuando entiendes, también, que aun dedicándote, puede que nunca escribas “bien”, pero ese es otro tema. Pero pienso que es como descubrir que, no sé, tu papá se disfrazaba todos los años de Papá Noel en navidad para dejarte tus regalos. Una vez dejas atrás la idea perezosa y alcahueta de la musa, la verdadera magia del oficio se ve, detrás del trabajo que hay en cada una de las palabras, de las comas, que hay en un texto verdaderamente literario.

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